miércoles, 4 de noviembre de 2015

Cuando me atacan los virus

Ni propóleo ni zumos de naranja ni nada. Cuando te toca ponerte mala, te pones y listo.

Después del invierno pasado en el que pillé la gripe dos veces y estuve muy malita, este año decidí hacerle caso a mi amiga Lucía y desde septiembre llevo tomando religiosamente diez gotitas de propóleo con no sé qué más en ayuno todas las mañanas cuando llego al trabajo (de lo que se deduce que,es verdad, no lo tomo todos los días de la semaña porque la rutina la tengo en el trabajo y no en casa, y los fines de semana ni me acuerdo). A lo que voy. Llevo dos meses tomando las gotitas con la esperanza de que mi sistema inmunológico se esté reforzando. Con la esperanza de poder torear todos los virus que pululan sueltos por ahí y especialmente por mi casa. Con la esperanza de sentirme fuerte como un toro y no vulnerable y enfermiza.

Pero, parece ser que lo que tiene que ser, será. Y a la primera de cambio, vete tú a saber si por este tiempo loco otoñal que tan pronto hace calor como que hace frío o porque mi querido pequeño se ha puesto malo y, como consecuencia de su generosidad, ya ha repartido virus por doquier, ya estoy k.o. desde el primer asalto.

Ponerse mala en mi situación es un poco complicado. No digo que sea un infierno pero sí es bastante incómodo porque parece que la vida a tu alrededor no se da cuenta de que tú te encuentras como para el desguace, con la cabeza como un bombo, con los oídos híper sensibles a cualquier tono un poco más alto de lo normal y con las articulaciones oxidadas. Y en esas condiciones tan reconfortantes, tu vida sigue girando a su ritmo normal sin que tú puedas hacer nada por ralentizarla. 

Para muestra un botón.

Ayer, después del trabajo en el que casi, y sin casi, me quedé dormida encima de la mesa delante del ordenador al menos cinco minutos en ese estado de sopor invencible, volví a casa, comí (qué remedio, que como decían mis abuelos "el que come, escapa" y es que, hay que ver cuánto daño hizo la guerra...), caí como un cesto en el sofá y a las cuatro y media, obedeciendo al despertador de mi móvil que yo, muy prudentemente, había dejado activado por si las moscas, me puse en pie para comenzar con mi "trabajo de por las tardes".

Medio zombi, y eso que ya ha pasado Halloween, cogí el coche y fui al cole. Logré sobrevivir al caos del patio y a los gritos y a las carreras de los niños deseosos de terminar su jornada escolar. Junté como perro ovejero a mis tres ovejas y con mucho sacrificio llegamos al coche y de ahí a casa.

Al llegar a casa me dejé caer en el sofá y puedo decir que hasta las siete y media todo transcurrió como en una nebulosa. 

Aunque esas horas vespertinas aparecen semi borrosas, destaca y brilla con luz propia el comportamiento de mi mediano. Es un amor. Un amor que insiste con sus nueve años en que él quiere ser médico. Un amor que se desvive por cuidarnos cuando estamos malitos.

Mis tres titines son un amor pero como cuidador entregado: mi mediano.


No tiene precio estar semi inconsciente (¡hay que ver lo exagerada que soy!) y que un pitufillo se desviva por atenderte.

Imagen: yo tumbada en el sofá grogui perdida. Mi mediano arropándome con una manta. Mi mediano trayéndome el termómetro ("aunque me ha dado miedo, eh, mami, que estaba lejos, en tu cuarto de baño"). Mi mediano dándome un dulce beso cuando cree que estoy dormida (e imagino que dándome dulces besos también cuando esté dormida... como de esos no me entero...). Mi mediano trayéndome agua. Mi mediano haciéndome cosquillitas "para que te relajes, mami".

Momentos que no tienen precio. Sensaciones que no quiero olvidar. 

Si al final, esto de estar malita tiene su punto. ¿O no?

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