Ya sé cuál es el origen de mi malestar. Debe ser la edad que
va dándome esa seguridad en mí misma de la que no he gozado en mi juventud. Esa
recién adquirida seguridad en mí y en mi criterio a la hora de trabajar, junto
con mi notable perfeccionismo, que sí que arrastro desde que nací, para qué lo
voy a negar, me está complicando la vida.
Es bien cierto que no todas las personas somos iguales. Y
bendita desigualdad que nos permite complementarnos y hacer que esto de la vida
funcione más o menos. Así, en el tema que me ocupa y me preocupa, descubro que hay
quienes han nacido “para mandar” y quienes han nacido “para ser mandados”. Sin
menospreciar a ninguna de las dos categorías, que ya digo son indispensables
para el desarrollo de la humanidad. Qué sería del mundo si estuviera lleno de
personas gritando a los cuatro vientos órdenes que no son ejecutadas por nadie.
Qué sería del mundo si estuviera lleno de personas sin capacidad de liderazgo
ni iniciativa.
Por supuesto, también está la categoría intermedia. La gama
de los grises existe en todo. Nada es totalmente blanco ni totalmente negro.
Y yo, en esta reflexión que se me plantea últimamente, reconozco
que me he situado a lo largo de mi existencia en el lado de la balanza de los
nacidos “para ser mandados”. Cierta capacidad para persuadir siempre he tenido
así como gusto por que se hagan las cosas más o menos a mi manera. Pero sin
más. Una vez incorporada al mundo laboral, claramente mi perfil se dibujó como “para
ser mandada”. No apunto nada más que soy funcionaria y no de las de arriba. Con
mi cota de responsabilidad y autonomía pero siempre con jefes directos con la
última palabra y a los que rendir cuentas.
Indiscutiblemente, esta elección, que no imposición, no es
arbitraria. Todo en la vida es cuestión de prioridades y, la mía, desde que me
casé, es mi familia. En pos de ella he relegado mi desarrollo profesional. Sin
esfuerzo en absoluto. Es ciertamente incompatible tener un crecimiento lineal,
y para qué decir exponencial, en tu profesión sin sacrificar alguna parcela
personal y/o familiar. Y yo no estaba dispuesta a ello. Mis hijos son míos y
los crío y malcrío yo. Mi marido es mío
y lo disfruto y lo sufro yo. Mi casa es mía y la dirijo y desatiendo,
básicamente, yo. Y para todo esto necesito tiempo. Tiempo que por razones
obvias no dedico al trabajo.
La cuestión es que el hecho de estar en una posición de
subordinación laboral, como la gran mayoría de la población, habré de admitir, cada día me incomoda más. Todo porque mi tono de gris está variando. Mi balanza
se está desequilibrando. No voy a ser negativa. No se está desequilibrando:
está buscando un nuevo equilibrio en el que mis opiniones y yo misma tenemos
más peso específico.
Los cambios operados en mi entorno laboral en las últimas
semanas y el sometimiento al criterio de los jefes me está generando dosis más
altas de las razonables de malestar, incomodidad y frustración y me están
llevando de la mano a una desidia, desinterés y desgana irreconocible en mí y
mi relación con mi trabajo. Y esto es lo que más me preocupa. El hecho de que
esté germinando en mí un enfoque hacia el trabajo que siempre he criticado.
Siempre me he caracterizado por ser una persona, como ya he reconocido, perfeccionista
(con todo lo bueno y malo que ello conlleva), comprometida con mi trabajo y muy
peleona por aquello en lo que creo. A mí no se me vence, se me convence.
Y ahora llevo unos días en los que me descubro sin fuerzas,
sin energía. Sentada en reuniones en las que no tengo ganas de defender mi
postura cuando, claramente, opino de manera distinta a la que se está
planteando. Sin empuje para ayudar a tirar del carro tan lleno de cambios en el
que estamos subidos. Me visualizo encogida de hombros y mirando hacia otro
lado, asumiendo lo que se dice. Sin más.
Y esa no es mi naturaleza.
Aunque vuelva a encontrar mi lugar en mi trabajo, el lugar que me corresponde, con involucración y entusiasmo como era habitual en mí, la espinita del “yo también lo valgo” se ha quedado medio prendida en mi ser. Está echando raíces la necesidad de que opere a toda costa la lógica, el debe ser, la eficacia y el orden en mi ámbito laboral. Me supera cada vez más la falta de capacidad de mando de quienes se espera esta cualidad. Y "como yo lo valgo", cuando siento que las cosas se están desmandando y que van fuera de los carriles porque nadie tomas las decisiones oportunas tanto en la gestión de personal como en la gestión del trabajo, me exaspero. Al toro por los cuernos.
Esta vez, la desazón se ha pasado de rosca, y de dejarme la piel en ayudar e intentar colaborar con mi criterio, he pasado a fase meseta: falta de empuje y de compromiso.
Aunque vuelva a encontrar mi lugar en mi trabajo, el lugar que me corresponde, con involucración y entusiasmo como era habitual en mí, la espinita del “yo también lo valgo” se ha quedado medio prendida en mi ser. Está echando raíces la necesidad de que opere a toda costa la lógica, el debe ser, la eficacia y el orden en mi ámbito laboral. Me supera cada vez más la falta de capacidad de mando de quienes se espera esta cualidad. Y "como yo lo valgo", cuando siento que las cosas se están desmandando y que van fuera de los carriles porque nadie tomas las decisiones oportunas tanto en la gestión de personal como en la gestión del trabajo, me exaspero. Al toro por los cuernos.
Esta vez, la desazón se ha pasado de rosca, y de dejarme la piel en ayudar e intentar colaborar con mi criterio, he pasado a fase meseta: falta de empuje y de compromiso.
Al estar medio sumida en un pozo de insatisfacción laboral,
percibo todo de una manera bastante negativa. No tengo el ánimo que me
caracteriza y quizá esté perdiendo la perspectiva.
Ayer me preguntó mi marido, al verme tan hundida, que cómo
me podía ayudar. Yo le contesté que escuchándome y dándome la razón, aunque no
la tenga, que ya saldré de esta niebla, y yo misma reconoceré que la realidad
no es tan oscura como me la pinto.
Hace un rato, al hablar con él de mi malestar, e ignorando,
muy sabiamente, mi petición de ayer de darme la razón como a los tontos, me ha
empezado a poner en mi sitio. Por desalentador que me pueda parecer, “donde hay
patrón, no manda marinero”. Así es. Y lo tengo que asumir y aceptar. Sin montar
el melodrama en el que me estoy recreando. “Tú tienes que defender tu postura.
Si cuaja, perfecto. Si no cuaja, perfecto también”.
En ello estoy. Mi ánimo se está templando a raíz de la
conversación con mi marido que ha tenido lugar en plena borrachera verbal escribiendo
este texto. Mi malestar es menor.
Como apunté al comienzo, quizá toda esta zozobra tenga su origen en la famosa y
dichosa “crisis de los cuarenta”. ¿Qué hago con mi vida? ¿Es plena? ¿Me
satisface? ¿Me llena? ¿Me realiza? A nivel personal y familiar, sin duda. A
nivel profesional… No lo sé. Si estuviera plenamente satisfecha y me siguiese
compensando esta estructura de vida, quizá no me vería en este brete.
Pero esto es otro capítulo. Ahora, toca centrarme y seguir
disfrutando de mi trabajo. Ese es mi objetivo.