En casa tenemos la costumbre todas las noches de ir a la cama de los niños a darles las buenas noches y un/muchos besos.
El momento acostar a los niños es una mezcla de "¡madre mía, cómo les quiero!, ¡me los como a besos!, ¡son tan achuchables!" y de "¡por dios que se duerman ya!, ¡no me pidáis agua ni más besos, que no puedo con mi alma!, ¡aghhhhh, me quiero sentar ya a cenarrrrrr!"
Sí, qué le vamos a hacer. Por muy tesoritos que sean, llega una hora del día, así como rondando las nueve y media de la noche, en la que YA. Ya basta de niños. Necesito que se duerman y poder aflojar.
Pero todas las noches hay bises y repeticiones. Se prolonga el momento acostar a los niños. Todas las noches se libra una batalla en mi interior entre mi ángel y mi demonio:
- ¡Ya está bien! ¡Pégales una voz! Ese grito que tienes escondido y empuja por salir de tu garganta... No te cortes...
- Noooo. No les grites. Mira qué lindos son. Solo quieren tus besos y tus abrazos.
- Ya, ya. Lo que quieren es demorar el momento de dormirse. No son listos ni nada.
Y así todas las noches. Unas veces gana mi dulce angelito y mantengo el nervio a raya y otras mi temible demonio y vocifero para acallarles.
Pero, gane quien gane, siempre me asalta la idea de que lo que ahora cada noche en distinta manera me enerva, se acabará. Se harán mayores y ya no pedirán todos esos besos, caricias y cosquillas. Y lo echaré de menos. Seguro que lo echaré de menos.
Por eso procuro aflojar. Me obligo a atar corta mi ansia por terminar. Me obligo a parar y disfrutar de ese momento. De ese bracito de mi pequeño por encima de mi hombro para abrazarme que tan loca me vuelve. De esos besos sin fin que me da mi mediano. De esa pose de medio adolescente que tiene ya mi mayor cuando me pone la cara para que le dé un beso y me lo da él.
Por favor, que estos besos no terminen nunca.
