No sé si estoy siendo consecuente conmigo misma o soy una inconsciente, el caso es que he decidido que es hora de salir de mi zona de confort, que es hora de un cambio sustancial en mi vida, que es hora de cambiar de trabajo. Me tiemblan las piernas al leerlo: cambiar de trabajo. Sí. Después de diez años. Cambiar de trabajo.
Ya sabéis que la situación en mi trabajo ha cambiado notablemente (leed las entradas Crisis y Un día de enfados múltiples). Estamos viviendo una etapa convulsa y como organismo, en mi opinión, no la estamos sabiendo gestionar. No estamos sabiendo enfrentarnos y encauzar debidamente todos los cambios que hemos de asumir. Y se nos está yendo de las manos. Estamos perdiendo eficacia como órgano gestor. Y parece que no hay remedio. Por lo menos desde la posición que yo ocupo en esta estructura.
Sin yo buscarlo, se me ha puesto delante una oportunidad de cambio de trabajo. Me ha llegado de manos de mi amiga Carmen B: puesto de perfil jurídico en otro Ministerio bajo la subdirección de una amiga suya. Totalmente recomendable y con garantías de buen ambiente laboral (imprescindible después del infierno en el que viví hace más de diez años).
Mi primera reacción fue de rechazo absoluto. No me interesa, muchas gracias. Estoy bien donde estoy. No tengo fuerzas para afrontar un giro tan radical. La sola idea de cambiar de trabajo se me antojaba como una pendiente de casi 90 grados frente a la cual me veía pequeñita pequeñita sin piernas ni pulmones. Ufff.
Si no pierdes nada. Yo no he pedido el favor. Solo me he acordado de ti cuando me han preguntado si conocía a alguien con perfil jurídico. De verdad, no pierdes nada por llamar a mi amiga e informarte. Sin compromiso.
En fin. Soy débil y claudiqué sin gran desgaste de energía por parte de mi amiga Carmen B para convencerme. De acuerdo. Llamaré.
Y llamé. Y me gustó lo que me ofrecieron. Y acepté. Y lo planteé ante mi Subdirectora y me dio el visto bueno. Y ahí empezó la tramitación burocrática de mi cambio de puesto de trabajo.
Han tenido la deferencia de permitirme elegir el día de mi marcha dentro de unos márgenes razonables. Y, después de valorar ciertas circunstancias, me auto impuse fecha de caducidad: el 18 de mayo. Y, como consecuencia, fecha de renacimiento: el 19 de mayo.
Desde que he puesto fecha a mi ida, estoy viviendo una verdadera cuenta atrás. Estoy en mi puesto de trabajo actual sabiendo que tiene fin y ésto, no solo no me ha desmotivado o me ha hecho sentir ajena a esta Subdirección, sino que, quizá por razón de mi naturaleza, me ha devuelto una llama de energía.
Podría pensarse que el hecho de saber que te vas de un sitio y que vas a empezar una nueva etapa en otro te puede hacer sentir mal durante esas semanas de transición. De hecho, cuando elegí el día para mi partida, me decían que cuanto antes mejor, que no lo demorara, que estar sabiendo que te vas es muy complicado.
Y no. Lejos de hacerme sentir mal esta situación, la estoy viviendo de una manera muy intensa y muy bonita porque, como dice mi marido, yo voy a salir por la puerta grande. Y voy a dejar mi sello. Desde luego es decisivo que los motivos que me impulsan a cambiar son estrictamente profesionales. A nivel personal no puedo poner un solo pero. Disfruto de un equipo fantástico, estoy rodeada de personas normales, entendiendo por normales el calificativo supremo que puede definir a las personas, tengo compañeros que se han convertido en amigos. En resumen, tengo la gran suerte de poder ir todos los días a mi trabajo con una sonrisa en la cara.
Ahora, al tener ya decidido que me voy y fecha para irme, estoy notando aun más si cabe el cariño de mis compañeros. Y es muy gratificante y reconfortante sentir que la gente te aprecia. Es verdad que a veces si no hay un hecho que marque un punto de inflexión, vivimos el día a día sin demostrar lo que la gente nos importa. Gracias a mi punto de inflexión, de tomar la decisión de marchar, estoy recibiendo muestras de cariño muy bonitas, que de otra manera seguro que no se producirían. Porque es verdad que yo de siempre he sabido que estoy muy bien valorada en mi trabajo, que tengo gente que me quiere mucho, pero ésto no se manifiesta, no se demuestra, no tenemos esa costumbre. Sin embargo, estas semanas, estoy disfrutando de emotivas muestras de cariño que me están haciendo vivir un momento muy dulce.
Así que estoy intentando disfrutar al máximo, absorber todo lo que puedo el cariño que me están dando compaginándolo con la ilusión que me hace estrenar nuevas competencias, compañeros, rutinas y ser consciente de que esta tristeza por la despedida es el peaje que tengo que pagar por la necesidad de cambio que ha germinado en mi interior . Por mucho que se me encoja el corazón, tengo muy claro que he tomado la decisión correcta, que el movimiento es necesario para evolucionar y enriquecerse como persona, aun cuando conlleve cierto grado de riesgo.
(Hoy he vuelto del trabajo a casa en el coche sin parar de llorar. ¡Qué duro es esto! ¡Cómo voy a echar de menos a mis compañeros!)
Ya sabéis que la situación en mi trabajo ha cambiado notablemente (leed las entradas Crisis y Un día de enfados múltiples). Estamos viviendo una etapa convulsa y como organismo, en mi opinión, no la estamos sabiendo gestionar. No estamos sabiendo enfrentarnos y encauzar debidamente todos los cambios que hemos de asumir. Y se nos está yendo de las manos. Estamos perdiendo eficacia como órgano gestor. Y parece que no hay remedio. Por lo menos desde la posición que yo ocupo en esta estructura.
Sin yo buscarlo, se me ha puesto delante una oportunidad de cambio de trabajo. Me ha llegado de manos de mi amiga Carmen B: puesto de perfil jurídico en otro Ministerio bajo la subdirección de una amiga suya. Totalmente recomendable y con garantías de buen ambiente laboral (imprescindible después del infierno en el que viví hace más de diez años).
Mi primera reacción fue de rechazo absoluto. No me interesa, muchas gracias. Estoy bien donde estoy. No tengo fuerzas para afrontar un giro tan radical. La sola idea de cambiar de trabajo se me antojaba como una pendiente de casi 90 grados frente a la cual me veía pequeñita pequeñita sin piernas ni pulmones. Ufff.
Si no pierdes nada. Yo no he pedido el favor. Solo me he acordado de ti cuando me han preguntado si conocía a alguien con perfil jurídico. De verdad, no pierdes nada por llamar a mi amiga e informarte. Sin compromiso.
En fin. Soy débil y claudiqué sin gran desgaste de energía por parte de mi amiga Carmen B para convencerme. De acuerdo. Llamaré.
Y llamé. Y me gustó lo que me ofrecieron. Y acepté. Y lo planteé ante mi Subdirectora y me dio el visto bueno. Y ahí empezó la tramitación burocrática de mi cambio de puesto de trabajo.
Han tenido la deferencia de permitirme elegir el día de mi marcha dentro de unos márgenes razonables. Y, después de valorar ciertas circunstancias, me auto impuse fecha de caducidad: el 18 de mayo. Y, como consecuencia, fecha de renacimiento: el 19 de mayo.
Desde que he puesto fecha a mi ida, estoy viviendo una verdadera cuenta atrás. Estoy en mi puesto de trabajo actual sabiendo que tiene fin y ésto, no solo no me ha desmotivado o me ha hecho sentir ajena a esta Subdirección, sino que, quizá por razón de mi naturaleza, me ha devuelto una llama de energía.
Podría pensarse que el hecho de saber que te vas de un sitio y que vas a empezar una nueva etapa en otro te puede hacer sentir mal durante esas semanas de transición. De hecho, cuando elegí el día para mi partida, me decían que cuanto antes mejor, que no lo demorara, que estar sabiendo que te vas es muy complicado.
Y no. Lejos de hacerme sentir mal esta situación, la estoy viviendo de una manera muy intensa y muy bonita porque, como dice mi marido, yo voy a salir por la puerta grande. Y voy a dejar mi sello. Desde luego es decisivo que los motivos que me impulsan a cambiar son estrictamente profesionales. A nivel personal no puedo poner un solo pero. Disfruto de un equipo fantástico, estoy rodeada de personas normales, entendiendo por normales el calificativo supremo que puede definir a las personas, tengo compañeros que se han convertido en amigos. En resumen, tengo la gran suerte de poder ir todos los días a mi trabajo con una sonrisa en la cara.
Ahora, al tener ya decidido que me voy y fecha para irme, estoy notando aun más si cabe el cariño de mis compañeros. Y es muy gratificante y reconfortante sentir que la gente te aprecia. Es verdad que a veces si no hay un hecho que marque un punto de inflexión, vivimos el día a día sin demostrar lo que la gente nos importa. Gracias a mi punto de inflexión, de tomar la decisión de marchar, estoy recibiendo muestras de cariño muy bonitas, que de otra manera seguro que no se producirían. Porque es verdad que yo de siempre he sabido que estoy muy bien valorada en mi trabajo, que tengo gente que me quiere mucho, pero ésto no se manifiesta, no se demuestra, no tenemos esa costumbre. Sin embargo, estas semanas, estoy disfrutando de emotivas muestras de cariño que me están haciendo vivir un momento muy dulce.
Así que estoy intentando disfrutar al máximo, absorber todo lo que puedo el cariño que me están dando compaginándolo con la ilusión que me hace estrenar nuevas competencias, compañeros, rutinas y ser consciente de que esta tristeza por la despedida es el peaje que tengo que pagar por la necesidad de cambio que ha germinado en mi interior . Por mucho que se me encoja el corazón, tengo muy claro que he tomado la decisión correcta, que el movimiento es necesario para evolucionar y enriquecerse como persona, aun cuando conlleve cierto grado de riesgo.
(Hoy he vuelto del trabajo a casa en el coche sin parar de llorar. ¡Qué duro es esto! ¡Cómo voy a echar de menos a mis compañeros!)