Soy
de la opinión de que hay que aprovechar el tiempo. Solo tenemos una vida y lo
que se quede en el camino, no volverá. No exprimir al máximo la vida es un
desperdicio. Con esto no estoy diciendo que un aprovechamiento óptimo sea
equivalente a vivir como los locos de un lado a otro, de una actividad a otra
sin parar. No. Ni mucho menos. Aprovechar la vida va necesariamente acompañado
de poder disfrutar de momentos para la reflexión o el descanso.
Este
espíritu del aprovechamiento del tiempo, quizá un poco ensalzado por eso de
encontrarme quién sabe si en el casi ecuador de mi vida, mezclado con la
certeza de que la capacidad de aprendizaje cuando se es pequeño es
infinitamente superior a la que se tiene de adulto (a mi propia experiencia me
remito. Madre mía cómo me acuerdo de la de veces que habré oído esto en boca de
mi padre…), me ha llevado siempre, nos ha llevado siempre, a mi marido y a mí,
a intentar que mis tres soles apuren mediante el modo esponja de que disponen
todo lo que la vida les puede ofrecer. Sin sobrecargas ni fatigas. Sin estrés
ni angustia. Intentando mantenernos en
el punto medio, en aquel en el que está la virtud. Siempre desde nuestra óptica
y criterio.
Bajo
estas premisas, un año más nos hemos enfrentado a la difícil tarea de organizar
sus veranos.
Tengo
tres joyas. Todavía sin pulir del todo. En fase de abrillantamiento. Once,
nueve y siete años. Tres maravillas que requieren retoques diferentes adaptados
a su edad y forma de ser. Difícil tarea.
Al mayor le ha tocado ya volar. Volar literalmente. Se ha ido a Irlanda. A convivir un mes con una familia. Sin más. A adaptarse al ritmo de una familia desconocida e integrarse en él. Inmersión total.
El
mediano ha seguido los pasos de su hermano mayor del año pasado: le ha tocado vivir su primera
marcha en forma de campamento de inglés por dos semanas. Aquí, en España.
Objetivo: ir logrando cierta autonomía, seguridad en sí mismo y
autosuficiencia.
El
pequeño. El pequeño todavía es pequeño para salir de nuestro amparo. A nuestro
parecer. Su manera de entretenerse y explotar estas primeras semanas de verano
se traduce en clase particular de inglés en casita por la mañana y clase de
natación un rato por la tarde.
Estas
decisiones, así contadas, no dejan traslucir toda la carga emocional y de
tiempo que han arrastrado.
Llegar
a estas conclusiones sobre cuál es la mejor manera de invertir parte del verano
para lograr una combinación sana, justa y proporcionada entre el aprovechamiento
y el disfrute del tiempo no es tarea baladí.
Todo
lo que sea salir de nuestra zona de confort conlleva un esfuerzo. A todos los
niveles. Pero, ¿hasta qué punto merece la pena el sacrificio? Cuando se trata de decisiones propias, uno
puede valorarlo, poner los pros y los contras en la balanza y sopesarlos y en
consecuencia adoptar una decisión. Ahora bien, cuando esta valoración se hace
para un tercero, léase los hijos, ¿hasta qué punto estamos capacitados para
tomar estas decisiones?
Obviamente,
como padres, tenemos el derecho y la obligación de tomar decisiones por ellos.
Esto es incuestionable. No obstante, el hecho de estar legitimados para decidir
por ellos, no excluye el riesgo que acarrea tal labor.
He tenido mucho tiempo para meditar y darle vueltas a la idea de mandar a mi mayor al extranjero, solo, a una familia desconocida, con la exigencia de desenvolverse en un idioma que todavía no controla. A su nivel, he reflexionado también mucho sobre la necesidad de separar a mi mediano de la familia durante dos semanas, lanzarlo a un grupo extraño en el que hacerse su hueco.
Y me
han asaltado numerosísimas dudas. Infinitas. Y muchos miedos. También. Para qué
negarlo. Con nuestras decisiones estamos poniendo en peligro el bienestar y
acomodo en el que pasan su vida. En la rutina de nuestros días, todo está
relativamente bajo control. No solo por su parte, que son los actores
protagonistas, sino también por nuestra parte, la de los padres, que tenemos
bajo control, aunque sea relativo, sus acciones, compañías, emociones, reacciones.
Pero…
Con
nuestras decisiones podemos también abrirles la puerta hacia otras experiencias
que sin duda les enriquecerán y les harán crecer como personas. El premio que se
obtiene es inconmensurable.
Ciertamente, el aprendizaje, no solo intelectual sino personal, es la mejor inversión que podemos hacer. Y no estoy limitando esta afirmación a los hijos. Es igualmente importante aplicarla a uno mismo.
Así
que, asumiendo las posibles eventualidades que se puedan presentar, la decisión
es firme y consolidada. Bien madurada. Aferrada a la creencia de que estos
sacrificios son la mejor inversión que podemos hacer en ellos, dotándoles de
armas y herramientas para más allá de sobrevivir poder gozar en grado superlativo
de la vida. Incuestionada ya la necesidad de superar los primeros escollos de
reticencia, de rechazo hacia la idea de separarse y de enfrentarse por ellos
solos a una nueva vivencia.
Fiel
a esta convicción, permanecí imperturbable la mañana del sábado (despedida de
mi mayor) y la mañana del domingo (despedida de mi mediano). Hice gala de un
saber estar y de una entereza desconocida en mí que soy absolutamente tendente
a la lágrima por emoción.
Todo transcurrió por los cauces previstos. Separación fácil de mi mayor. Él es así. Adaptable a todo y seguro de sus capacidades. No te hace flaquear. Separación cuasi fácil de mi mediano con alguna lágrima suya de por medio, reflejo de sus miedos comprensibles a la posible inadaptación al nuevo medio, pero bien gestionada y sin titubeos por mi parte. Serena y templada.
Sí,
sí.
Hasta el domingo al mediodía. Ahí se cayeron todos mis esquemas y fortalezas. Se puede decir que casi me derrumbé. Salió a flote el instinto mamá gallina de protección. ¿Y si mis niños, mis pequeños, mis tesoritos lo pasaban mal? ¿Y esas primeras noches durmiendo solos, lejos de su hogar...? En mi descargo quiero pensar que mi abatimiento venía motivado además de por la tristeza y la aprensión, por la sensación de vacío después de dos semanas frenéticas de absoluta dedicación a la preparación de los viajes. El cambio radical de encontrarte en una vorágine que parece que no tiene fin, a , de pronto, ya está , ya está todo hecho, los niños ya se han marchado. No tengo más pendientes en mi lista.
Una
vez estoy completamente segura de estar haciendo lo mejor por ellos, solo queda
ser pacientes y esperar el devenir de los acontecimientos. Confiar en que todo
irá bien. Confiar en ellos, en su inteligencia intelectual y en su inteligencia
emocional.
La suerte está echada.
P. D. Ya estoy en condiciones de afirmar que sí, que las decisiones que después de muchas elucubraciones dábamos por acertadas, se confirman como tal. Ufffff. Sí. Respiro mejor. ¿Qué pasa? Me siento mucho más ligera después de tener no solo la sospecha sino la certidumbre de que mis dos titines están en la gloria. El mayor está como pez en el agua. Hemos hablado con él y la voz no engaña. Y la familia nos ha mandado un correo electrónico al que adjunta dos fotos de mi mayor con los niños de la familia y se le ve feliz. Y el mediano se ha hecho también su hueco. Si bien las fotos genéricas que recibíamos en un grupo de Whatsapp de la organizadora del campamento no nos ayudaban a concluir si estaba contento o no, ayer pudimos hablar por fin con él y sonaba pletórico. Feliz. Integrado.
Y yo, más feliz aún. Relajada. Tranquila. Satisfecha con las decisiones que hemos tomado.

