viernes, 8 de julio de 2016

Decisiones sobre los niños. ¿Pensamos?

Soy de la opinión de que hay que aprovechar el tiempo. Solo tenemos una vida y lo que se quede en el camino, no volverá. No exprimir al máximo la vida es un desperdicio. Con esto no estoy diciendo que un aprovechamiento óptimo sea equivalente a vivir como los locos de un lado a otro, de una actividad a otra sin parar. No. Ni mucho menos. Aprovechar la vida va necesariamente acompañado de poder disfrutar de momentos para la reflexión o el descanso.

Este espíritu del aprovechamiento del tiempo, quizá un poco ensalzado por eso de encontrarme quién sabe si en el casi ecuador de mi vida, mezclado con la certeza de que la capacidad de aprendizaje cuando se es pequeño es infinitamente superior a la que se tiene de adulto (a mi propia experiencia me remito. Madre mía cómo me acuerdo de la de veces que habré oído esto en boca de mi padre…), me ha llevado siempre, nos ha llevado siempre, a mi marido y a mí, a intentar que mis tres soles apuren mediante el modo esponja de que disponen todo lo que la vida les puede ofrecer. Sin sobrecargas ni fatigas. Sin estrés ni  angustia. Intentando mantenernos en el punto medio, en aquel en el que está la virtud. Siempre desde nuestra óptica y criterio.

Bajo estas premisas, un año más nos hemos enfrentado a la difícil tarea de organizar sus veranos.

Tengo tres joyas. Todavía sin pulir del todo. En fase de abrillantamiento. Once, nueve y siete años. Tres maravillas que requieren retoques diferentes adaptados a su edad y forma de ser. Difícil tarea.

Al mayor le ha tocado ya volar. Volar literalmente. Se ha ido a Irlanda. A convivir un mes con una familia. Sin más. A adaptarse al ritmo de una familia desconocida e integrarse en él. Inmersión total.

El mediano ha seguido los pasos de su hermano mayor del año pasado: le ha tocado vivir su primera marcha en forma de campamento de inglés por dos semanas. Aquí, en España. Objetivo: ir logrando cierta autonomía, seguridad en sí mismo y autosuficiencia.

El pequeño. El pequeño todavía es pequeño para salir de nuestro amparo. A nuestro parecer. Su manera de entretenerse y explotar estas primeras semanas de verano se traduce en clase particular de inglés en casita por la mañana y clase de natación un rato por la tarde.

Estas decisiones, así contadas, no dejan traslucir toda la carga emocional y de tiempo que han arrastrado.

Llegar a estas conclusiones sobre cuál es la mejor manera de invertir parte del verano para lograr una combinación sana, justa y proporcionada entre el aprovechamiento y el disfrute del tiempo no es tarea baladí.

Todo lo que sea salir de nuestra zona de confort conlleva un esfuerzo. A todos los niveles. Pero, ¿hasta qué punto merece la pena el sacrificio?  Cuando se trata de decisiones propias, uno puede valorarlo, poner los pros y los contras en la balanza y sopesarlos y en consecuencia adoptar una decisión. Ahora bien, cuando esta valoración se hace para un tercero, léase los hijos, ¿hasta qué punto estamos capacitados para tomar estas decisiones?

Obviamente, como padres, tenemos el derecho y la obligación de tomar decisiones por ellos. Esto es incuestionable. No obstante, el hecho de estar legitimados para decidir por ellos, no excluye el riesgo que acarrea tal labor.

He tenido mucho tiempo para meditar y darle vueltas a la idea de mandar a mi mayor al extranjero, solo, a una familia desconocida, con la exigencia de desenvolverse en un idioma que todavía no controla. A su nivel, he reflexionado también mucho sobre la necesidad de separar a mi mediano de la familia durante dos semanas, lanzarlo a un grupo extraño en el que hacerse su hueco.

Y me han asaltado numerosísimas dudas. Infinitas. Y muchos miedos. También. Para qué negarlo. Con nuestras decisiones estamos poniendo en peligro el bienestar y acomodo en el que pasan su vida. En la rutina de nuestros días, todo está relativamente bajo control. No solo por su parte, que son los actores protagonistas, sino también por nuestra parte, la de los padres, que tenemos bajo control, aunque sea relativo, sus acciones, compañías, emociones, reacciones.

Pero…

Con nuestras decisiones podemos también abrirles la puerta hacia otras experiencias que sin duda les enriquecerán y les harán crecer como personas. El premio que se obtiene es inconmensurable.

Ciertamente, el aprendizaje, no solo intelectual sino personal, es la mejor inversión que podemos hacer. Y no estoy limitando esta afirmación a los hijos. Es igualmente importante aplicarla a uno mismo.

Así que, asumiendo las posibles eventualidades que se puedan presentar, la decisión es firme y consolidada. Bien madurada. Aferrada a la creencia de que estos sacrificios son la mejor inversión que podemos hacer en ellos, dotándoles de armas y herramientas para más allá de sobrevivir poder gozar en grado superlativo de la vida. Incuestionada ya la necesidad de superar los primeros escollos de reticencia, de rechazo hacia la idea de separarse y de enfrentarse por ellos solos a una nueva vivencia.

Fiel a esta convicción, permanecí imperturbable la mañana del sábado (despedida de mi mayor) y la mañana del domingo (despedida de mi mediano). Hice gala de un saber estar y de una entereza desconocida en mí que soy absolutamente tendente a la lágrima por emoción.

Todo transcurrió por los cauces previstos. Separación fácil de mi mayor. Él es así. Adaptable a todo y seguro de sus capacidades. No te hace flaquear. Separación cuasi fácil de mi mediano con alguna lágrima suya de por medio, reflejo de sus miedos comprensibles a la posible inadaptación al nuevo medio, pero bien gestionada y sin titubeos por mi parte. Serena y templada.

Sí, sí.

Hasta el domingo al mediodía. Ahí se cayeron todos mis esquemas y fortalezas. Se puede decir que casi me derrumbé. Salió a flote el instinto mamá gallina de protección. ¿Y si mis niños, mis pequeños, mis tesoritos lo pasaban mal? ¿Y esas primeras noches durmiendo solos, lejos de su hogar...? En mi descargo quiero pensar que mi abatimiento venía motivado además de por la tristeza y la aprensión, por la sensación de vacío después de dos semanas frenéticas de absoluta dedicación a la preparación de los viajes. El cambio radical de encontrarte en una vorágine que parece que no tiene fin, a , de pronto, ya está , ya está todo hecho, los niños ya se han marchado. No tengo más pendientes en mi lista.

Una vez estoy completamente segura de estar haciendo lo mejor por ellos, solo queda ser pacientes y esperar el devenir de los acontecimientos. Confiar en que todo irá bien. Confiar en ellos, en su inteligencia intelectual y en su inteligencia emocional.

La suerte está echada.


P. D. Ya estoy en condiciones de afirmar que sí, que las decisiones que después de muchas elucubraciones dábamos por acertadas, se confirman como tal. Ufffff. Sí. Respiro mejor. ¿Qué pasa? Me siento mucho más ligera después de tener no solo la sospecha sino la certidumbre de que mis dos titines están en la gloria. El mayor está como pez en el agua. Hemos hablado con él y la voz no engaña. Y la familia nos ha mandado un correo electrónico al que adjunta dos fotos de mi mayor con los niños de la familia y se le ve feliz. Y el mediano se ha hecho también su hueco. Si bien las fotos genéricas que recibíamos en un grupo de Whatsapp de la organizadora del campamento no nos ayudaban a concluir si estaba contento o no, ayer pudimos hablar por fin con él y sonaba pletórico. Feliz. Integrado.

Y yo, más feliz aún. Relajada. Tranquila. Satisfecha con las decisiones que hemos tomado.


jueves, 12 de mayo de 2016

Saliendo de la zona de confort

No sé si estoy siendo consecuente conmigo misma o soy una inconsciente, el caso es que he decidido que es hora de salir de mi zona de confort, que es hora de un cambio sustancial en mi vida, que es hora de cambiar de trabajo. Me tiemblan las piernas al leerlo: cambiar de trabajo. Sí. Después de diez años. Cambiar de trabajo.

Ya sabéis que la situación en mi trabajo ha cambiado notablemente (leed las entradas Crisis y  Un día de enfados múltiples). Estamos viviendo una etapa convulsa y como organismo, en mi opinión, no la estamos sabiendo gestionar. No estamos sabiendo enfrentarnos y encauzar debidamente todos los cambios que hemos de asumir. Y se nos está yendo de las manos. Estamos perdiendo eficacia como órgano gestor. Y parece que no hay remedio. Por lo menos desde la posición que yo ocupo en esta estructura.

Sin yo buscarlo, se me ha puesto delante una oportunidad de cambio de trabajo. Me ha llegado de manos de mi amiga Carmen B: puesto de perfil jurídico en otro Ministerio bajo la subdirección de una amiga suya. Totalmente recomendable y con garantías de buen ambiente laboral (imprescindible después del infierno en el que viví hace más de diez años).

Mi primera reacción fue de rechazo absoluto. No me interesa, muchas gracias. Estoy bien donde estoy. No tengo fuerzas para afrontar un giro tan radical. La sola idea de cambiar de trabajo se me antojaba como una pendiente de casi 90 grados frente a la cual me veía pequeñita pequeñita sin piernas ni pulmones. Ufff.

Si no pierdes nada. Yo no he pedido el favor. Solo me he acordado de ti cuando me han preguntado si conocía a alguien con perfil jurídico. De verdad, no pierdes nada por llamar a mi amiga e informarte. Sin compromiso.

En fin. Soy débil y claudiqué sin gran desgaste de energía por parte de mi amiga Carmen B para convencerme. De acuerdo. Llamaré.

Y llamé. Y me gustó lo que me ofrecieron. Y acepté. Y lo planteé ante mi Subdirectora y me dio el visto bueno. Y ahí empezó la tramitación burocrática de mi cambio de puesto de trabajo.

Han tenido la deferencia de permitirme elegir el día de mi marcha dentro de unos márgenes razonables. Y, después de valorar ciertas circunstancias, me auto impuse fecha de caducidad: el 18 de mayo. Y, como consecuencia, fecha de renacimiento: el 19 de mayo.

Desde que he puesto fecha a mi ida, estoy viviendo una verdadera cuenta atrás. Estoy en mi puesto de trabajo actual sabiendo que tiene fin y ésto, no solo no me ha desmotivado o me ha hecho sentir ajena a esta Subdirección, sino que, quizá por razón de mi naturaleza, me ha devuelto una llama de energía.

Podría pensarse que el hecho de saber que te vas de un sitio y que vas a empezar una nueva etapa en otro te puede hacer sentir mal durante esas semanas de transición. De hecho, cuando elegí el día para mi partida, me decían que cuanto antes mejor, que no lo demorara, que estar sabiendo que te vas es muy complicado.

Y no. Lejos de hacerme sentir mal esta situación, la estoy viviendo de una manera muy intensa y muy bonita porque, como dice mi marido, yo voy a salir por la puerta grande. Y voy a dejar mi sello. Desde luego es decisivo que los motivos que me impulsan a cambiar son estrictamente profesionales. A nivel personal no puedo poner un solo pero. Disfruto de un equipo fantástico, estoy rodeada de personas normales, entendiendo por normales el calificativo supremo que puede definir a las personas, tengo compañeros que se han convertido en amigos. En resumen, tengo la gran suerte de poder ir todos los días a mi trabajo con una sonrisa en la cara.

Ahora, al tener ya decidido que me voy y fecha para irme, estoy notando aun más si cabe el cariño de mis compañeros. Y es muy gratificante y reconfortante sentir que la gente te aprecia. Es verdad que a veces si no hay un hecho que marque un punto de inflexión, vivimos el día a día sin demostrar lo que la gente nos importa. Gracias a mi punto de inflexión, de tomar la decisión de marchar, estoy recibiendo muestras de cariño muy bonitas, que de otra manera seguro que no se producirían. Porque es verdad que yo de siempre he sabido que estoy muy bien valorada en mi trabajo, que tengo gente que me quiere mucho, pero ésto no se manifiesta, no se demuestra, no tenemos esa costumbre. Sin embargo, estas semanas, estoy disfrutando de emotivas muestras de cariño que me están haciendo vivir un momento muy dulce.

Así que estoy intentando disfrutar al máximo, absorber todo lo que puedo el cariño que me están dando compaginándolo con la ilusión que me hace estrenar nuevas competencias, compañeros, rutinas y ser consciente de que esta tristeza por la despedida es el peaje que tengo que pagar por la necesidad de cambio que ha germinado en mi interior . Por mucho que se me encoja el corazón, tengo muy claro que he tomado la decisión correcta, que el movimiento es necesario para evolucionar y enriquecerse como persona, aun cuando conlleve cierto grado de riesgo.

(Hoy he vuelto del trabajo a casa en el coche sin parar de llorar. ¡Qué duro es esto! ¡Cómo voy a echar de menos a mis compañeros!)




lunes, 4 de abril de 2016

Un día de enfados múltiples

Semana pasada. Día laborable. Récord de enfados y malos rollos. Afortunadamente días como este solo ocurren una vez al año...

♦ Ocho y pico de la mañana. Viniendo por la mañana a trabajar con el coche, un chulo macarra (luego le vi la cara y era un pobre hombre madurito con su traje) en el cruce de la calle Marqués de Urquijo con el Paseo de Rosales subiendo hacia la calle Princesa, donde de cuatro carriles se pasa a tres y hay que ser cívico y cederse necesariamente el paso para que quepamos todos por el embudo, se creyó que estaba en un rally e intentó avanzar a la desesperada entre mi coche y el que estaba a mi izquierda apurando el poco espacio que quedaba golpeando, como consecuencia, mi retrovisor. Pitada brutal. Y, lo que me da la pista sobre mi estado de ánimo encubierto, sarta de insultos y levantamiento de manos. Yo soy como María Barranco en “Todos los hombres sois iguales” cuando nerviosa perdida dice aquello de “venía por la carretera, jugándome la vida, a 80 por hora…”. Vamos, que mis insultos creo que no pasaron de unos cuantos “imbécil”, eso sí, muy mascados y con mucha mala leche, y unos cuantos “de verdad, hay que ver”.

♦ Nueve menos cuarto o así de la mañana. Llego a la ofi, entro en mi despacho y me encuentro con un portafirmas en mi mesa en el que hay pegada una nota de mi jefa diciendo que son expedientes de un compañero nuevo al que, por suerte o por desgracia, superviso yo, y que cree que no he repasado. Miro. Efectivamente. No los he repasado. ¿Por qué la gente va a su puñetera bola? Yo no he pedido supervisar a nadie. Y menos a alguien que tiene el mismo nivel que yo. Pero, ya que es nuevo y no conoce este “mercado” alguien tendrá que hacerse cargo y enseñarle. A mí me gustaría que hicieran eso conmigo. Así que yo lo hago encantada por él. Pero, trabajar en balde y para el inglés, de ninguna manera. ¿Por qué me puentea? ¿Se cree que a mí me aporta algo revisar su trabajo antes de pasarlo a la Subdirectora? Sí, claro, me aporta el doble de trabajo. Hago mis expedientes y prácticamente los suyos porque todavía anda perdido. Cabreo monumental. Para qué pierdo el tiempo enseñando cómo trabajamos y cómo hacemos las cosas aquí, si luego compruebo que me puentea y le pasa el portafirmas directamente a la jefa y, profundizando, constato que no ha seguido mis indicaciones. En fin, habrá que repasarlo y hablar con él.


♦ Doce de la mañana. “Reunión de pastores”, léase, del Departamento Jurídico. Más de lo mismo. Debatamos y charlemos y pasemos de un tema a otro sin concluir el anterior. ¿Para qué? ¡Para sentar criterios, que falta nos hace de una vez! Y los criterios que parece se van adoptando no se presentan en la reunión. De casualidad me enteré a primera hora de un cambio en la forma de valorar un asunto, un cambio tan radical como que donde antes admitíamos, ahora se ha decidido por el artículo 33 que denegamos. Y eso no llega a la reunión. ¿Lo saben todos? En esta oficina, el trato con el usuario es permanente, las llamadas son constantes, los correos electrónicos pidiendo información también. ¿Estamos en condiciones de asesorar a nadie si no estamos informados nosotros mismos sobre nuestros propios criterios de actuación? Negativo. Y a mí me llevan los demonios. Así que nuevamente, reunión estéril. Peor, sí se asentó la decisión de asumir una competencia que por Ley no es nuestra pero que, bueno, por aquello de que tenemos que velar por el correcto funcionamiento podemos meternos en medio de procedimientos que no son nuestros y emitir nuestro informe… ¿Para qué? Si no es vinculante, si no tenemos competencia para resolver. ¿Para qué vamos a meternos en ese baile al que no se nos ha invitado y sugerir cambios al usuario que quizá luego sean contradichos por el órgano que es realmente competente? ¿Para qué dar pie a más confusión? ¡Uf! Conclusión reforzada: cada vez se plantean más temas sobre los que no estoy de acuerdo y otros muchos se dejan sin resolver con un “ya se verá cuando llegue el caso”. Mal, mal.

♦ Cinco menos algo de la tarde. Voy a recoger a mi mayor al cole. Planazo de semana porque se ha quedado de “hijo único” ya que sus hermanos están fuera en la Granja Escuela. Intención de disfrutar a tope como el día anterior porque no tengo muchas oportunidades de tener un de tú-a-tú  con mis niños. Es día de entrenamiento de fútbol y tengo que llevar a tres amigos suyos también. Genial. La idea es bajar juntos en el coche (me encanta escucharles y conocerles un poco más), dejarles en el campo y acercarme yo al edificio de al lado a mi clase de gimnasia que coincide en horario con el entrenamiento. Salir, recoger a mi grande e ir donde se nos ocurra. Como si es ir a casa y bobear hasta la hora de la cena. Pero… no pudo ser. Salimos del cole los cinco, íbamos por una acera dos amiguitos y yo y por la otra, mi grande con otra amiguita. En esto que oigo los gritos de una madre. Me doy la vuelta y percibo que están regañando a mi hijo. Pregunto qué ha pasado y me encuentro con una madre media sulfurada diciendo que mi hijo había trepado por su coche hasta arriba, hasta el techo, que estaba flipada, que madre mía, etc… Pido disculpas ente tanto aluvión varias veces, le pregunto a mi hijo si ha pedido perdón, dice que sí y lo reitera, pero la tormenta no cesa. En fin. Cierro con un “no sé qué más decirte. Lo siento” y tiro adelante con cuatro chavales flipados y yo con una mala leche hirviendo contra mi hijo irresponsable y contra la madre exagerada que no me aguanto. Consecuencia: mi hijo se queda castigado sin fútbol y yo, sin comerlo ni beberlo, sin mi clase de gimnasia.

 Once y media de la noche. Mi madre y mis tíos han venido a vernos y se han quedado a cenar. Fenomenal. Nos han hecho el favor de quedarse con mi grande a la hora de su cena para que mi marido y yo pudiéramos salir a correr un rato. Muy agradecida. Pero… ¡por favor! ¡Que son las once y media y no se han marchado! Que mañana madrugamos. Me encantan las visitas, pero ¡qué bien que por fin se van!

Menos mal que el día se acabó y menos mal que no todos son así


sábado, 5 de marzo de 2016

Todos mis yos

Releo mi corto blog y me doy cuenta de que la mayor parte de los posts están centrados en mis hijos.

Mis hijos son parte esencial en mi vida. Es innegable. Le dan sentido a casi todo y energía y ánimo a todo. No imagino mi vida sin ellos.


Pero...

No lo son todo en mi vida. No soy solo madre. Aunque me encante serlo y lo disfrute en toda su plenitud. No. No soy solo madre. Es más, me niego a ser solo madre.

Como muy sabiamente dice mi marido, hay saber ser "una madre amantísima, una esposa diligente y una p*** en la cama". Que extrapolado a todos los aspectos de la vida, podríamos traducir en la idea de que no debemos limitarnos a una faceta de nuestra existencia. No somos solo esa vertiente a la que se puede acceder por un camino. Somos muchas más. Somos un compendio de muchas vertientes que terminan por arrojar el resultado que somos. Una especie de foto pixelada en la que cada pequeño píxel muestra una faceta nuestra. En la que cada pequeño píxel es una parcela de nuestro yo sin el cual no podríamos llegar al todo.

Así que, sí, soy más que madre. Y más que esposa. Y más que mujer trabajadora.

Intento impregnar de sentido y contenido a todos y cada uno de los pequeños yos que me conforman. No despistar ninguno, no dejar ninguno de lado, abandonado o relegado. Porque yo soy todos ellos. Y aunque a veces me cueste, sigo potenciando todas mis dimensiones. Procuro no solo tener tiempo para mi faceta como madre. Si me dejara llevar, muy probablemente, mi faceta como madre cubriría toda mi vida, lo ocuparía todo. De una manera natural invadiría todo mi tiempo y pensamientos. Procuro estar bien alerta para impedir reducirme a eso solo. No desprecio ni mucho menos mi faceta como madre. Por supuesto. Es precisamente por lo gratificante y plena que es por lo que me esfuerzo en no quedar constreñida a ella. 

Me gusta dedicar mi tiempo también a desarrollar mis demás aspectos sociales y personales.

Mi yo esposa, mi yo hija, mi yo hermana, mi yo amiga. 

Mi yo runner, mi yo repostera, mi yo bloguera, mi yo batallitas.

Y todo esto me lo estoy contando a mí misma: no pierdas el norte. No te limites en la vida a ser solo una de las múltiples vertientes que puedes ser y de hecho eres. Desarróllalas y disfrútalas todas. Esto es una declaración de intenciones. Es un recordatorio para momentos flojos.

PD. A pesar de todo, creo que va a ser inevitable que muchos de los pensamientos que aterricen en el blog giren en torno a mis titines...

jueves, 28 de enero de 2016

Crisis

Ya sé cuál es el origen de mi malestar. Debe ser la edad que va dándome esa seguridad en mí misma de la que no he gozado en mi juventud. Esa recién adquirida seguridad en mí y en mi criterio a la hora de trabajar, junto con mi notable perfeccionismo, que sí que arrastro desde que nací, para qué lo voy a negar, me está complicando la vida.

Es bien cierto que no todas las personas somos iguales. Y bendita desigualdad que nos permite complementarnos y hacer que esto de la vida funcione más o menos. Así, en el tema que me ocupa y me preocupa, descubro que hay quienes han nacido “para mandar” y quienes han nacido “para ser mandados”. Sin menospreciar a ninguna de las dos categorías, que ya digo son indispensables para el desarrollo de la humanidad. Qué sería del mundo si estuviera lleno de personas gritando a los cuatro vientos órdenes que no son ejecutadas por nadie. Qué sería del mundo si estuviera lleno de personas sin capacidad de liderazgo ni iniciativa.

Por supuesto, también está la categoría intermedia. La gama de los grises existe en todo. Nada es totalmente blanco ni totalmente negro.

Y yo, en esta reflexión que se me plantea últimamente, reconozco que me he situado a lo largo de mi existencia en el lado de la balanza de los nacidos “para ser mandados”. Cierta capacidad para persuadir siempre he tenido así como gusto por que se hagan las cosas más o menos a mi manera. Pero sin más. Una vez incorporada al mundo laboral, claramente mi perfil se dibujó como “para ser mandada”. No apunto nada más que soy funcionaria y no de las de arriba. Con mi cota de responsabilidad y autonomía pero siempre con jefes directos con la última palabra y a los que rendir cuentas.

Indiscutiblemente, esta elección, que no imposición, no es arbitraria. Todo en la vida es cuestión de prioridades y, la mía, desde que me casé, es mi familia. En pos de ella he relegado mi desarrollo profesional. Sin esfuerzo en absoluto. Es ciertamente incompatible tener un crecimiento lineal, y para qué decir exponencial, en tu profesión sin sacrificar alguna parcela personal y/o familiar. Y yo no estaba dispuesta a ello. Mis hijos son míos y los crío y  malcrío yo. Mi marido es mío y lo disfruto y lo sufro yo. Mi casa es mía y la dirijo y desatiendo, básicamente, yo. Y para todo esto necesito tiempo. Tiempo que por razones obvias no dedico al trabajo.




La cuestión es que el hecho de estar en una posición de subordinación laboral, como la gran mayoría de la población, habré de admitir, cada día me incomoda más. Todo porque mi tono de gris está variando. Mi balanza se está desequilibrando. No voy a ser negativa. No se está desequilibrando: está buscando un nuevo equilibrio en el que mis opiniones y yo misma tenemos más peso específico.

Los cambios operados en mi entorno laboral en las últimas semanas y el sometimiento al criterio de los jefes me está generando dosis más altas de las razonables de malestar, incomodidad y frustración y me están llevando de la mano a una desidia, desinterés y desgana irreconocible en mí y mi relación con mi trabajo. Y esto es lo que más me preocupa. El hecho de que esté germinando en mí un enfoque hacia el trabajo que siempre he criticado. Siempre me he caracterizado por ser una persona, como ya he reconocido, perfeccionista (con todo lo bueno y malo que ello conlleva), comprometida con mi trabajo y muy peleona por aquello en lo que creo. A mí no se me vence, se me convence.

Y ahora llevo unos días en los que me descubro sin fuerzas, sin energía. Sentada en reuniones en las que no tengo ganas de defender mi postura cuando, claramente, opino de manera distinta a la que se está planteando. Sin empuje para ayudar a tirar del carro tan lleno de cambios en el que estamos subidos. Me visualizo encogida de hombros y mirando hacia otro lado, asumiendo lo que se dice. Sin más.

Y esa no es mi naturaleza.

Aunque vuelva a encontrar mi lugar en mi trabajo, el lugar que me corresponde, con involucración y entusiasmo como era habitual en mí, la espinita del “yo también lo valgo” se ha quedado medio prendida en mi ser. Está echando raíces la necesidad de que opere a toda costa la lógica, el debe ser, la eficacia y el orden en mi ámbito laboral. Me supera cada vez más la falta de capacidad de mando de quienes se espera esta cualidad. Y "como yo lo valgo", cuando siento que las cosas se están desmandando y que van fuera de los carriles porque nadie tomas las decisiones oportunas tanto en la gestión de personal como en la gestión del trabajo, me exaspero. Al toro por los cuernos. 

Esta vez, la desazón se ha pasado de rosca, y de dejarme la piel en ayudar e intentar colaborar con mi criterio, he pasado a fase meseta: falta de empuje y de compromiso. 

Al estar medio sumida en un pozo de insatisfacción laboral, percibo todo de una manera bastante negativa. No tengo el ánimo que me caracteriza y quizá esté perdiendo la perspectiva.

Ayer me preguntó mi marido, al verme tan hundida, que cómo me podía ayudar. Yo le contesté que escuchándome y dándome la razón, aunque no la tenga, que ya saldré de esta niebla, y yo misma reconoceré que la realidad no es tan oscura como me la pinto.

Hace un rato, al hablar con él de mi malestar, e ignorando, muy sabiamente, mi petición de ayer de darme la razón como a los tontos, me ha empezado a poner en mi sitio. Por desalentador que me pueda parecer, “donde hay patrón, no manda marinero”. Así es. Y lo tengo que asumir y aceptar. Sin montar el melodrama en el que me estoy recreando. “Tú tienes que defender tu postura. Si cuaja, perfecto. Si no cuaja, perfecto también”.

En ello estoy. Mi ánimo se está templando a raíz de la conversación con mi marido que ha tenido lugar en plena borrachera verbal escribiendo este texto. Mi malestar es menor.

Como apunté al comienzo, quizá toda esta zozobra tenga su origen en la famosa y dichosa “crisis de los cuarenta”. ¿Qué hago con mi vida? ¿Es plena? ¿Me satisface? ¿Me llena? ¿Me realiza? A nivel personal y familiar, sin duda. A nivel profesional… No lo sé. Si estuviera plenamente satisfecha y me siguiese compensando esta estructura de vida, quizá no me vería en este brete.

Pero esto es otro capítulo. Ahora, toca centrarme y seguir disfrutando de mi trabajo. Ese es mi objetivo.