viernes, 13 de noviembre de 2015

El beso de buenas noches

En casa tenemos la costumbre todas las noches de ir a la cama de los niños a darles las buenas noches y un/muchos besos.

El momento acostar a los niños es una mezcla de "¡madre mía, cómo les quiero!, ¡me los como a besos!, ¡son tan achuchables!" y de "¡por dios que se duerman ya!, ¡no me pidáis agua ni más besos, que no puedo con mi alma!, ¡aghhhhh, me quiero sentar ya a cenarrrrrr!"

Sí, qué le vamos a hacer. Por muy tesoritos que sean, llega una hora del día, así como rondando las nueve y media de la noche, en la que YA. Ya basta de niños. Necesito que se duerman y poder aflojar.

Pero todas las noches hay bises y repeticiones. Se prolonga el momento acostar a los niños. Todas las noches se libra una batalla en mi interior entre mi ángel y mi demonio:

- ¡Ya está bien! ¡Pégales una voz! Ese grito que tienes escondido y empuja por salir de tu garganta... No te cortes...

- Noooo. No les grites. Mira qué lindos son. Solo quieren tus besos y tus abrazos.

- Ya, ya. Lo que quieren es demorar el momento de dormirse. No son listos ni nada.

Y así todas las noches. Unas veces gana mi dulce angelito y mantengo el nervio a raya y otras mi temible demonio y vocifero para acallarles.

Pero, gane quien gane, siempre me asalta la idea de que lo que ahora cada noche en distinta manera me enerva, se acabará. Se harán mayores y ya no pedirán todos esos besos, caricias y cosquillas. Y lo echaré de menos. Seguro que lo echaré de menos.

Por eso procuro aflojar. Me obligo a atar corta mi ansia por terminar. Me obligo a parar y disfrutar de ese momento.  De ese bracito de mi pequeño por encima de mi hombro para abrazarme que tan loca me vuelve. De esos besos sin fin que me da mi mediano. De esa pose de medio adolescente que tiene ya mi mayor cuando me pone la cara para que le dé un beso y me lo da él.

Por favor, que estos besos no terminen nunca.



miércoles, 4 de noviembre de 2015

Cuando me atacan los virus

Ni propóleo ni zumos de naranja ni nada. Cuando te toca ponerte mala, te pones y listo.

Después del invierno pasado en el que pillé la gripe dos veces y estuve muy malita, este año decidí hacerle caso a mi amiga Lucía y desde septiembre llevo tomando religiosamente diez gotitas de propóleo con no sé qué más en ayuno todas las mañanas cuando llego al trabajo (de lo que se deduce que,es verdad, no lo tomo todos los días de la semaña porque la rutina la tengo en el trabajo y no en casa, y los fines de semana ni me acuerdo). A lo que voy. Llevo dos meses tomando las gotitas con la esperanza de que mi sistema inmunológico se esté reforzando. Con la esperanza de poder torear todos los virus que pululan sueltos por ahí y especialmente por mi casa. Con la esperanza de sentirme fuerte como un toro y no vulnerable y enfermiza.

Pero, parece ser que lo que tiene que ser, será. Y a la primera de cambio, vete tú a saber si por este tiempo loco otoñal que tan pronto hace calor como que hace frío o porque mi querido pequeño se ha puesto malo y, como consecuencia de su generosidad, ya ha repartido virus por doquier, ya estoy k.o. desde el primer asalto.

Ponerse mala en mi situación es un poco complicado. No digo que sea un infierno pero sí es bastante incómodo porque parece que la vida a tu alrededor no se da cuenta de que tú te encuentras como para el desguace, con la cabeza como un bombo, con los oídos híper sensibles a cualquier tono un poco más alto de lo normal y con las articulaciones oxidadas. Y en esas condiciones tan reconfortantes, tu vida sigue girando a su ritmo normal sin que tú puedas hacer nada por ralentizarla. 

Para muestra un botón.

Ayer, después del trabajo en el que casi, y sin casi, me quedé dormida encima de la mesa delante del ordenador al menos cinco minutos en ese estado de sopor invencible, volví a casa, comí (qué remedio, que como decían mis abuelos "el que come, escapa" y es que, hay que ver cuánto daño hizo la guerra...), caí como un cesto en el sofá y a las cuatro y media, obedeciendo al despertador de mi móvil que yo, muy prudentemente, había dejado activado por si las moscas, me puse en pie para comenzar con mi "trabajo de por las tardes".

Medio zombi, y eso que ya ha pasado Halloween, cogí el coche y fui al cole. Logré sobrevivir al caos del patio y a los gritos y a las carreras de los niños deseosos de terminar su jornada escolar. Junté como perro ovejero a mis tres ovejas y con mucho sacrificio llegamos al coche y de ahí a casa.

Al llegar a casa me dejé caer en el sofá y puedo decir que hasta las siete y media todo transcurrió como en una nebulosa. 

Aunque esas horas vespertinas aparecen semi borrosas, destaca y brilla con luz propia el comportamiento de mi mediano. Es un amor. Un amor que insiste con sus nueve años en que él quiere ser médico. Un amor que se desvive por cuidarnos cuando estamos malitos.

Mis tres titines son un amor pero como cuidador entregado: mi mediano.


No tiene precio estar semi inconsciente (¡hay que ver lo exagerada que soy!) y que un pitufillo se desviva por atenderte.

Imagen: yo tumbada en el sofá grogui perdida. Mi mediano arropándome con una manta. Mi mediano trayéndome el termómetro ("aunque me ha dado miedo, eh, mami, que estaba lejos, en tu cuarto de baño"). Mi mediano dándome un dulce beso cuando cree que estoy dormida (e imagino que dándome dulces besos también cuando esté dormida... como de esos no me entero...). Mi mediano trayéndome agua. Mi mediano haciéndome cosquillitas "para que te relajes, mami".

Momentos que no tienen precio. Sensaciones que no quiero olvidar. 

Si al final, esto de estar malita tiene su punto. ¿O no?

lunes, 31 de agosto de 2015

Los pelillos del bigote

Me acuerdo mucho de mis abuelos. Puede sonar a topicazo, pero mis abuelos eran los mejores del mundo. Eran, no solo los mejores abuelos del mundo, sino las mejores personas del mundo. Y no es una exageración ni amor incondicional de nieta.

Sí. Me acuerdo mucho de ellos.

Desde que me mudé de casa, hace ya casi un año y medio, me acuerdo recurrentemente de mi abuela Benita. ¡Hay que ver cómo es el mundo de las asociaciones de ideas!

Resulta que, debe ser por la edad :-(, de vez en cuando me sale un pelillo muy tonto en el bigote. En la parte superior izquierda, un poquito por encima de la comisura de los labios. Es un pelo negro que destaca horrible entre mi vello rubio transparente. Así que le tengo declarada la guerra. En cuanto lo adivino, zas, un tirón y para fuera.

Desde que vivo en mi nueva casa, he descubierto que el ascensor es el mejor lugar para encontrarle. No sé. Debe ser el juego de luces junto con el espejo, que preparan la combinación perfecta para que le pueda detectar sin apenas esforzarme en buscarlo por muy cortito que sea...

E, inevitablemente, cada vez que me lanzo a la captura del pelillo, me acuerdo de mi abuela Benita. Siempre. Siempre.



Mi abuela no era muy presumida, pero tenía su pequeña dosis de coquetería. No salía de casa jamás sin pintarse "el morro" como ella decía, iba siempre impecablemente arreglada con sus vestiditos y sus zapatos de tacón bajo, con sus broches en los abrigos de invierno, sus pendientes preciosos, y, por supuesto, el pelo arreglado de peluquería.

A mi abuela también le salían algunos pelillos malvados en el bigote. Y ella se afanaba siempre en quitárselos. ¡Qué feos, por favor!



Y mi abuela Benita se fue haciendo mayor. Y la vista le iba fallando. Y el pulso no era el mismo. Así que mi madre, mi hermana y yo pasamos a encargarnos de esos pelillos traviesos que se empeñaban en afearle el rostro.

Mi abuela nos lo agradecía. Claro que sí. 

Pero el tiempo es cruel. Y mi abuela Benita seguía haciéndose mayor... Los años caían inexorablemente. Y con ellos, la venida de los pelos. Cada vez más pelillos en el bigote.

Mi abuela ya vivía en una residencia con mi abuelo. Y, aunque ya no primaba el mismo grado de coquetería al imponerse inevitablemente la comodidad y que, todo sea dicho, los vestiditos y los tacones a cierta edad son malos amigos de las sillas de ruedas, mi madre, mi hermana y yo seguíamos desterrando a los fastidiosos pelillos, a los que, convertidos en ejército, había que atacarlos con maquinilla.

Sí. Guerra declarada a los pelillos del bigote. Hasta el final.



Y esta es mi asociación de ideas. Curiosa asociación de ideas. Bendita asociación de ideas.