Semana pasada. Día laborable. Récord de enfados y malos rollos. Afortunadamente días como este solo ocurren una vez al año...
♦ Ocho
y pico de la mañana. Viniendo por la mañana a trabajar con el coche, un chulo
macarra (luego le vi la cara y era un pobre hombre madurito con su traje) en el
cruce de la calle Marqués de Urquijo con el Paseo de Rosales subiendo hacia la
calle Princesa, donde de cuatro carriles se pasa a tres y hay que ser cívico y
cederse necesariamente el paso para que quepamos todos por el embudo, se creyó
que estaba en un rally e intentó avanzar a la desesperada entre mi coche y el
que estaba a mi izquierda apurando el poco espacio que quedaba golpeando, como
consecuencia, mi retrovisor. Pitada brutal. Y, lo que me da la pista
sobre mi estado de ánimo encubierto, sarta de insultos y levantamiento de
manos. Yo soy como María Barranco en “Todos los hombres sois iguales” cuando
nerviosa perdida dice aquello de “venía por la carretera, jugándome la vida, a
80 por hora…”. Vamos, que mis insultos creo que no pasaron de unos cuantos
“imbécil”, eso sí, muy mascados y con mucha mala leche, y unos cuantos “de
verdad, hay que ver”.
♦ Nueve
menos cuarto o así de la mañana. Llego a la ofi, entro en mi despacho y me
encuentro con un portafirmas en mi mesa en el que hay pegada una nota de mi
jefa diciendo que son expedientes de un compañero nuevo al que, por suerte o
por desgracia, superviso yo, y que cree que no he repasado. Miro.
Efectivamente. No los he repasado. ¿Por qué la gente va a su puñetera bola? Yo
no he pedido supervisar a nadie. Y menos a alguien que tiene el mismo nivel que
yo. Pero, ya que es nuevo y no conoce este “mercado” alguien tendrá que hacerse
cargo y enseñarle. A mí me gustaría que hicieran eso conmigo. Así que yo lo
hago encantada por él. Pero, trabajar en balde y para el inglés, de ninguna
manera. ¿Por qué me puentea? ¿Se cree que a mí me aporta algo revisar su
trabajo antes de pasarlo a la Subdirectora? Sí, claro, me aporta el doble de
trabajo. Hago mis expedientes y prácticamente los suyos porque todavía anda
perdido. Cabreo monumental. Para qué pierdo el tiempo enseñando cómo trabajamos
y cómo hacemos las cosas aquí, si luego compruebo que me puentea y le pasa el
portafirmas directamente a la jefa y, profundizando, constato que no ha seguido mis
indicaciones. En fin, habrá que repasarlo y hablar con él.
♦ Doce
de la mañana. “Reunión de pastores”, léase, del Departamento Jurídico. Más de
lo mismo. Debatamos y charlemos y pasemos de un tema a otro sin concluir el
anterior. ¿Para qué? ¡Para sentar criterios, que falta nos hace de una vez! Y
los criterios que parece se van adoptando no se presentan en la reunión. De
casualidad me enteré a primera hora de un cambio en la forma de valorar un
asunto, un cambio tan radical como que donde antes admitíamos, ahora se ha
decidido por el artículo 33 que denegamos. Y eso no llega a la reunión. ¿Lo
saben todos? En esta oficina, el trato con el usuario es permanente, las
llamadas son constantes, los correos electrónicos pidiendo información también.
¿Estamos en condiciones de asesorar a nadie si no estamos informados nosotros
mismos sobre nuestros propios criterios de actuación? Negativo. Y a mí me
llevan los demonios. Así que nuevamente, reunión estéril. Peor, sí se asentó la
decisión de asumir una competencia que por Ley no es nuestra pero que, bueno,
por aquello de que tenemos que velar por el correcto funcionamiento podemos
meternos en medio de procedimientos que no son nuestros y emitir nuestro
informe… ¿Para qué? Si no es vinculante, si no tenemos competencia para
resolver. ¿Para qué vamos a meternos en ese baile al que no se nos ha invitado
y sugerir cambios al usuario que quizá luego sean contradichos por el órgano
que es realmente competente? ¿Para qué dar pie a más confusión? ¡Uf! Conclusión
reforzada: cada vez se plantean más temas sobre los que no estoy de acuerdo y
otros muchos se dejan sin resolver con un “ya se verá cuando llegue el caso”.
Mal, mal.
♦ Cinco
menos algo de la tarde. Voy a recoger a mi mayor al cole. Planazo de semana
porque se ha quedado de “hijo único” ya que sus hermanos están fuera en la Granja Escuela. Intención de disfrutar a tope como el día anterior
porque no tengo muchas oportunidades de tener un de tú-a-tú con mis niños. Es día de entrenamiento de
fútbol y tengo que llevar a tres amigos suyos también. Genial. La idea es bajar
juntos en el coche (me encanta escucharles y conocerles un poco más), dejarles
en el campo y acercarme yo al edificio de al lado a mi clase de gimnasia que
coincide en horario con el entrenamiento. Salir, recoger a mi grande e ir donde
se nos ocurra. Como si es ir a casa y bobear hasta la hora de la cena. Pero… no
pudo ser. Salimos del cole los cinco, íbamos por una acera dos amiguitos y yo y
por la otra, mi grande con otra amiguita. En esto que oigo los gritos de una
madre. Me doy la vuelta y percibo que están regañando a mi hijo. Pregunto qué
ha pasado y me encuentro con una madre media sulfurada diciendo que mi hijo
había trepado por su coche hasta arriba, hasta el techo, que estaba flipada, que madre mía, etc… Pido disculpas ente tanto aluvión varias veces, le
pregunto a mi hijo si ha pedido perdón, dice que sí y lo reitera, pero la
tormenta no cesa. En fin. Cierro con un “no sé qué más decirte. Lo siento” y
tiro adelante con cuatro chavales flipados y yo con una mala leche hirviendo
contra mi hijo irresponsable y contra la madre exagerada que no me aguanto. Consecuencia: mi hijo se queda castigado sin fútbol y yo, sin comerlo ni beberlo, sin mi clase de gimnasia.
♦ Once
y media de la noche. Mi madre y mis tíos han venido a vernos y se han quedado a
cenar. Fenomenal. Nos han hecho el favor de quedarse con mi grande a la hora de
su cena para que mi marido y yo pudiéramos salir a correr un rato. Muy
agradecida. Pero… ¡por favor! ¡Que son las once y media y no se han marchado! Que
mañana madrugamos. Me encantan las visitas, pero ¡qué bien que por fin se van!
Menos mal que el día se acabó y menos mal que
no todos son así ☺
