lunes, 4 de abril de 2016

Un día de enfados múltiples

Semana pasada. Día laborable. Récord de enfados y malos rollos. Afortunadamente días como este solo ocurren una vez al año...

♦ Ocho y pico de la mañana. Viniendo por la mañana a trabajar con el coche, un chulo macarra (luego le vi la cara y era un pobre hombre madurito con su traje) en el cruce de la calle Marqués de Urquijo con el Paseo de Rosales subiendo hacia la calle Princesa, donde de cuatro carriles se pasa a tres y hay que ser cívico y cederse necesariamente el paso para que quepamos todos por el embudo, se creyó que estaba en un rally e intentó avanzar a la desesperada entre mi coche y el que estaba a mi izquierda apurando el poco espacio que quedaba golpeando, como consecuencia, mi retrovisor. Pitada brutal. Y, lo que me da la pista sobre mi estado de ánimo encubierto, sarta de insultos y levantamiento de manos. Yo soy como María Barranco en “Todos los hombres sois iguales” cuando nerviosa perdida dice aquello de “venía por la carretera, jugándome la vida, a 80 por hora…”. Vamos, que mis insultos creo que no pasaron de unos cuantos “imbécil”, eso sí, muy mascados y con mucha mala leche, y unos cuantos “de verdad, hay que ver”.

♦ Nueve menos cuarto o así de la mañana. Llego a la ofi, entro en mi despacho y me encuentro con un portafirmas en mi mesa en el que hay pegada una nota de mi jefa diciendo que son expedientes de un compañero nuevo al que, por suerte o por desgracia, superviso yo, y que cree que no he repasado. Miro. Efectivamente. No los he repasado. ¿Por qué la gente va a su puñetera bola? Yo no he pedido supervisar a nadie. Y menos a alguien que tiene el mismo nivel que yo. Pero, ya que es nuevo y no conoce este “mercado” alguien tendrá que hacerse cargo y enseñarle. A mí me gustaría que hicieran eso conmigo. Así que yo lo hago encantada por él. Pero, trabajar en balde y para el inglés, de ninguna manera. ¿Por qué me puentea? ¿Se cree que a mí me aporta algo revisar su trabajo antes de pasarlo a la Subdirectora? Sí, claro, me aporta el doble de trabajo. Hago mis expedientes y prácticamente los suyos porque todavía anda perdido. Cabreo monumental. Para qué pierdo el tiempo enseñando cómo trabajamos y cómo hacemos las cosas aquí, si luego compruebo que me puentea y le pasa el portafirmas directamente a la jefa y, profundizando, constato que no ha seguido mis indicaciones. En fin, habrá que repasarlo y hablar con él.


♦ Doce de la mañana. “Reunión de pastores”, léase, del Departamento Jurídico. Más de lo mismo. Debatamos y charlemos y pasemos de un tema a otro sin concluir el anterior. ¿Para qué? ¡Para sentar criterios, que falta nos hace de una vez! Y los criterios que parece se van adoptando no se presentan en la reunión. De casualidad me enteré a primera hora de un cambio en la forma de valorar un asunto, un cambio tan radical como que donde antes admitíamos, ahora se ha decidido por el artículo 33 que denegamos. Y eso no llega a la reunión. ¿Lo saben todos? En esta oficina, el trato con el usuario es permanente, las llamadas son constantes, los correos electrónicos pidiendo información también. ¿Estamos en condiciones de asesorar a nadie si no estamos informados nosotros mismos sobre nuestros propios criterios de actuación? Negativo. Y a mí me llevan los demonios. Así que nuevamente, reunión estéril. Peor, sí se asentó la decisión de asumir una competencia que por Ley no es nuestra pero que, bueno, por aquello de que tenemos que velar por el correcto funcionamiento podemos meternos en medio de procedimientos que no son nuestros y emitir nuestro informe… ¿Para qué? Si no es vinculante, si no tenemos competencia para resolver. ¿Para qué vamos a meternos en ese baile al que no se nos ha invitado y sugerir cambios al usuario que quizá luego sean contradichos por el órgano que es realmente competente? ¿Para qué dar pie a más confusión? ¡Uf! Conclusión reforzada: cada vez se plantean más temas sobre los que no estoy de acuerdo y otros muchos se dejan sin resolver con un “ya se verá cuando llegue el caso”. Mal, mal.

♦ Cinco menos algo de la tarde. Voy a recoger a mi mayor al cole. Planazo de semana porque se ha quedado de “hijo único” ya que sus hermanos están fuera en la Granja Escuela. Intención de disfrutar a tope como el día anterior porque no tengo muchas oportunidades de tener un de tú-a-tú  con mis niños. Es día de entrenamiento de fútbol y tengo que llevar a tres amigos suyos también. Genial. La idea es bajar juntos en el coche (me encanta escucharles y conocerles un poco más), dejarles en el campo y acercarme yo al edificio de al lado a mi clase de gimnasia que coincide en horario con el entrenamiento. Salir, recoger a mi grande e ir donde se nos ocurra. Como si es ir a casa y bobear hasta la hora de la cena. Pero… no pudo ser. Salimos del cole los cinco, íbamos por una acera dos amiguitos y yo y por la otra, mi grande con otra amiguita. En esto que oigo los gritos de una madre. Me doy la vuelta y percibo que están regañando a mi hijo. Pregunto qué ha pasado y me encuentro con una madre media sulfurada diciendo que mi hijo había trepado por su coche hasta arriba, hasta el techo, que estaba flipada, que madre mía, etc… Pido disculpas ente tanto aluvión varias veces, le pregunto a mi hijo si ha pedido perdón, dice que sí y lo reitera, pero la tormenta no cesa. En fin. Cierro con un “no sé qué más decirte. Lo siento” y tiro adelante con cuatro chavales flipados y yo con una mala leche hirviendo contra mi hijo irresponsable y contra la madre exagerada que no me aguanto. Consecuencia: mi hijo se queda castigado sin fútbol y yo, sin comerlo ni beberlo, sin mi clase de gimnasia.

 Once y media de la noche. Mi madre y mis tíos han venido a vernos y se han quedado a cenar. Fenomenal. Nos han hecho el favor de quedarse con mi grande a la hora de su cena para que mi marido y yo pudiéramos salir a correr un rato. Muy agradecida. Pero… ¡por favor! ¡Que son las once y media y no se han marchado! Que mañana madrugamos. Me encantan las visitas, pero ¡qué bien que por fin se van!

Menos mal que el día se acabó y menos mal que no todos son así