lunes, 31 de agosto de 2015

Los pelillos del bigote

Me acuerdo mucho de mis abuelos. Puede sonar a topicazo, pero mis abuelos eran los mejores del mundo. Eran, no solo los mejores abuelos del mundo, sino las mejores personas del mundo. Y no es una exageración ni amor incondicional de nieta.

Sí. Me acuerdo mucho de ellos.

Desde que me mudé de casa, hace ya casi un año y medio, me acuerdo recurrentemente de mi abuela Benita. ¡Hay que ver cómo es el mundo de las asociaciones de ideas!

Resulta que, debe ser por la edad :-(, de vez en cuando me sale un pelillo muy tonto en el bigote. En la parte superior izquierda, un poquito por encima de la comisura de los labios. Es un pelo negro que destaca horrible entre mi vello rubio transparente. Así que le tengo declarada la guerra. En cuanto lo adivino, zas, un tirón y para fuera.

Desde que vivo en mi nueva casa, he descubierto que el ascensor es el mejor lugar para encontrarle. No sé. Debe ser el juego de luces junto con el espejo, que preparan la combinación perfecta para que le pueda detectar sin apenas esforzarme en buscarlo por muy cortito que sea...

E, inevitablemente, cada vez que me lanzo a la captura del pelillo, me acuerdo de mi abuela Benita. Siempre. Siempre.



Mi abuela no era muy presumida, pero tenía su pequeña dosis de coquetería. No salía de casa jamás sin pintarse "el morro" como ella decía, iba siempre impecablemente arreglada con sus vestiditos y sus zapatos de tacón bajo, con sus broches en los abrigos de invierno, sus pendientes preciosos, y, por supuesto, el pelo arreglado de peluquería.

A mi abuela también le salían algunos pelillos malvados en el bigote. Y ella se afanaba siempre en quitárselos. ¡Qué feos, por favor!



Y mi abuela Benita se fue haciendo mayor. Y la vista le iba fallando. Y el pulso no era el mismo. Así que mi madre, mi hermana y yo pasamos a encargarnos de esos pelillos traviesos que se empeñaban en afearle el rostro.

Mi abuela nos lo agradecía. Claro que sí. 

Pero el tiempo es cruel. Y mi abuela Benita seguía haciéndose mayor... Los años caían inexorablemente. Y con ellos, la venida de los pelos. Cada vez más pelillos en el bigote.

Mi abuela ya vivía en una residencia con mi abuelo. Y, aunque ya no primaba el mismo grado de coquetería al imponerse inevitablemente la comodidad y que, todo sea dicho, los vestiditos y los tacones a cierta edad son malos amigos de las sillas de ruedas, mi madre, mi hermana y yo seguíamos desterrando a los fastidiosos pelillos, a los que, convertidos en ejército, había que atacarlos con maquinilla.

Sí. Guerra declarada a los pelillos del bigote. Hasta el final.



Y esta es mi asociación de ideas. Curiosa asociación de ideas. Bendita asociación de ideas.