jueves, 28 de enero de 2016

Crisis

Ya sé cuál es el origen de mi malestar. Debe ser la edad que va dándome esa seguridad en mí misma de la que no he gozado en mi juventud. Esa recién adquirida seguridad en mí y en mi criterio a la hora de trabajar, junto con mi notable perfeccionismo, que sí que arrastro desde que nací, para qué lo voy a negar, me está complicando la vida.

Es bien cierto que no todas las personas somos iguales. Y bendita desigualdad que nos permite complementarnos y hacer que esto de la vida funcione más o menos. Así, en el tema que me ocupa y me preocupa, descubro que hay quienes han nacido “para mandar” y quienes han nacido “para ser mandados”. Sin menospreciar a ninguna de las dos categorías, que ya digo son indispensables para el desarrollo de la humanidad. Qué sería del mundo si estuviera lleno de personas gritando a los cuatro vientos órdenes que no son ejecutadas por nadie. Qué sería del mundo si estuviera lleno de personas sin capacidad de liderazgo ni iniciativa.

Por supuesto, también está la categoría intermedia. La gama de los grises existe en todo. Nada es totalmente blanco ni totalmente negro.

Y yo, en esta reflexión que se me plantea últimamente, reconozco que me he situado a lo largo de mi existencia en el lado de la balanza de los nacidos “para ser mandados”. Cierta capacidad para persuadir siempre he tenido así como gusto por que se hagan las cosas más o menos a mi manera. Pero sin más. Una vez incorporada al mundo laboral, claramente mi perfil se dibujó como “para ser mandada”. No apunto nada más que soy funcionaria y no de las de arriba. Con mi cota de responsabilidad y autonomía pero siempre con jefes directos con la última palabra y a los que rendir cuentas.

Indiscutiblemente, esta elección, que no imposición, no es arbitraria. Todo en la vida es cuestión de prioridades y, la mía, desde que me casé, es mi familia. En pos de ella he relegado mi desarrollo profesional. Sin esfuerzo en absoluto. Es ciertamente incompatible tener un crecimiento lineal, y para qué decir exponencial, en tu profesión sin sacrificar alguna parcela personal y/o familiar. Y yo no estaba dispuesta a ello. Mis hijos son míos y los crío y  malcrío yo. Mi marido es mío y lo disfruto y lo sufro yo. Mi casa es mía y la dirijo y desatiendo, básicamente, yo. Y para todo esto necesito tiempo. Tiempo que por razones obvias no dedico al trabajo.




La cuestión es que el hecho de estar en una posición de subordinación laboral, como la gran mayoría de la población, habré de admitir, cada día me incomoda más. Todo porque mi tono de gris está variando. Mi balanza se está desequilibrando. No voy a ser negativa. No se está desequilibrando: está buscando un nuevo equilibrio en el que mis opiniones y yo misma tenemos más peso específico.

Los cambios operados en mi entorno laboral en las últimas semanas y el sometimiento al criterio de los jefes me está generando dosis más altas de las razonables de malestar, incomodidad y frustración y me están llevando de la mano a una desidia, desinterés y desgana irreconocible en mí y mi relación con mi trabajo. Y esto es lo que más me preocupa. El hecho de que esté germinando en mí un enfoque hacia el trabajo que siempre he criticado. Siempre me he caracterizado por ser una persona, como ya he reconocido, perfeccionista (con todo lo bueno y malo que ello conlleva), comprometida con mi trabajo y muy peleona por aquello en lo que creo. A mí no se me vence, se me convence.

Y ahora llevo unos días en los que me descubro sin fuerzas, sin energía. Sentada en reuniones en las que no tengo ganas de defender mi postura cuando, claramente, opino de manera distinta a la que se está planteando. Sin empuje para ayudar a tirar del carro tan lleno de cambios en el que estamos subidos. Me visualizo encogida de hombros y mirando hacia otro lado, asumiendo lo que se dice. Sin más.

Y esa no es mi naturaleza.

Aunque vuelva a encontrar mi lugar en mi trabajo, el lugar que me corresponde, con involucración y entusiasmo como era habitual en mí, la espinita del “yo también lo valgo” se ha quedado medio prendida en mi ser. Está echando raíces la necesidad de que opere a toda costa la lógica, el debe ser, la eficacia y el orden en mi ámbito laboral. Me supera cada vez más la falta de capacidad de mando de quienes se espera esta cualidad. Y "como yo lo valgo", cuando siento que las cosas se están desmandando y que van fuera de los carriles porque nadie tomas las decisiones oportunas tanto en la gestión de personal como en la gestión del trabajo, me exaspero. Al toro por los cuernos. 

Esta vez, la desazón se ha pasado de rosca, y de dejarme la piel en ayudar e intentar colaborar con mi criterio, he pasado a fase meseta: falta de empuje y de compromiso. 

Al estar medio sumida en un pozo de insatisfacción laboral, percibo todo de una manera bastante negativa. No tengo el ánimo que me caracteriza y quizá esté perdiendo la perspectiva.

Ayer me preguntó mi marido, al verme tan hundida, que cómo me podía ayudar. Yo le contesté que escuchándome y dándome la razón, aunque no la tenga, que ya saldré de esta niebla, y yo misma reconoceré que la realidad no es tan oscura como me la pinto.

Hace un rato, al hablar con él de mi malestar, e ignorando, muy sabiamente, mi petición de ayer de darme la razón como a los tontos, me ha empezado a poner en mi sitio. Por desalentador que me pueda parecer, “donde hay patrón, no manda marinero”. Así es. Y lo tengo que asumir y aceptar. Sin montar el melodrama en el que me estoy recreando. “Tú tienes que defender tu postura. Si cuaja, perfecto. Si no cuaja, perfecto también”.

En ello estoy. Mi ánimo se está templando a raíz de la conversación con mi marido que ha tenido lugar en plena borrachera verbal escribiendo este texto. Mi malestar es menor.

Como apunté al comienzo, quizá toda esta zozobra tenga su origen en la famosa y dichosa “crisis de los cuarenta”. ¿Qué hago con mi vida? ¿Es plena? ¿Me satisface? ¿Me llena? ¿Me realiza? A nivel personal y familiar, sin duda. A nivel profesional… No lo sé. Si estuviera plenamente satisfecha y me siguiese compensando esta estructura de vida, quizá no me vería en este brete.

Pero esto es otro capítulo. Ahora, toca centrarme y seguir disfrutando de mi trabajo. Ese es mi objetivo.

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